Vértigo - la sombra que Hitchcock obligó a reencarnarse
Sobre la obsesión de un hombre por convertir a una mujer viva en el molde exacto de otra que ya perdió, y sobre lo que ese deseo revela de su propia sombra.
Un detective que ya no confía en su propio equilibrio
Scottie Ferguson, expolicía retirado tras un episodio de vértigo que le costó la vida a un compañero, acepta seguir a Madeleine, la esposa de un antiguo conocido, que según este está poseída por el espíritu de su bisabuela muerta. Scottie se enamora de ella sin poder evitarlo, y cuando Madeleine muere —o eso cree— en circunstancias que su propio vértigo le impidió impedir, la película podría haber terminado ahí. En cambio, Hitchcock dedica toda la segunda mitad de Vértigo (1958) a algo mucho más perturbador: la obsesión de Scottie por encontrar a otra mujer, Judy, y remodelarla —el pelo, la ropa, hasta el andar— hasta convertirla exactamente en la imagen de la mujer que perdió.
La sombra como deseo de control, no solo de duelo
Leer esta segunda mitad únicamente como una historia de duelo no resuelto sería quedarse corto. Lo que Hitchcock filma con una frialdad casi clínica es el momento en que el dolor de Scottie se transforma en algo más oscuro: la necesidad de controlar por completo la imagen de la mujer que ama, de borrar cualquier rasgo de la Judy real que no coincida con el molde de Madeleine. La escena en la que Judy sale por fin del cuarto de baño transformada, envuelta en una luz verdosa casi espectral, no es un reencuentro romántico sino la culminación de un acto de dominación disfrazado de amor. Ahí está la sombra de Scottie, la parte de sí mismo que su encanto de galán clásico había mantenido oculta hasta entonces.
El espejo doble: Madeleine, Judy y la mujer que nunca existió
Lo que la película revela, en su giro más célebre, es que "Madeleine" nunca existió tal como Scottie la conoció: era una interpretación, un papel que la propia Judy representó por encargo de un tercero. Scottie, sin saberlo, no se enamoró de una mujer sino de una máscara que otra mujer llevaba puesta, y cuando intenta después recuperar esa máscara sobre el rostro de quien la interpretó, la película se convierte en un espejo dentro de otro espejo: una mujer real obligada a interpretar el papel de sí misma interpretando a otra que jamás fue.
Bernard Herrmann subraya esta espiral con una de las partituras más hipnóticas del cine clásico, construida sobre un motivo en espiral ascendente y descendente que imita, literalmente en música, la sensación de vértigo del título.
Por qué sigue importando
Vértigo fue durante décadas subestimada por la crítica y hoy se considera, con razón, una de las cumbres del cine de Hitchcock precisamente por esto: no es una historia de suspense sobre un crimen, sino un estudio implacable sobre cómo el deseo, cuando no se atreve a mirar de frente su propia sombra posesiva, puede destruir dos veces a la misma mujer. Pocas películas han filmado con tanta honestidad lo que hay de control, y no solo de amor, en la insistencia en que alguien sea exactamente quien queremos que sea.