Cisne Negro - el espejo de la sombra
Sobre la película de Darren Aronofsky que convirtió el ballet en una cacería de la propia sombra, y sobre lo que cuesta reconocerse cuando por fin sale a escena.
La bailarina perfecta
Nina Sayers, la protagonista de Cisne Negro (2010), es todo lo que un director de ballet podría pedir para bailar al Cisne Blanco: técnica impecable, disciplina absoluta, un control sobre su propio cuerpo que roza la autolesión. Lo que no tiene, y lo que la producción de El lago de los cisnes exige también, es la capacidad de encarnar al Cisne Negro: el doble oscuro, seductor y peligroso de esa misma bailarina, el papel que exige justo lo que toda una vida de perfeccionismo le ha enseñado a reprimir.
Aronofsky construye la película entera sobre esa costura: no es una historia sobre una bailarina que aprende una técnica nueva, es una historia sobre alguien a quien se le exige, casi de la noche a la mañana, dejar salir a una parte de sí misma que llevaba años manteniendo a raya a base de disciplina. El resultado, previsiblemente, no es liberador. Es aterrador.
Espejos que dejan de obedecer
La película está construida, literalmente, a base de espejos: los espejos de la sala de ensayo, los del camerino, los del metro, los del pasillo de casa. Nina se mira en todos ellos constantemente, como corresponde a su oficio, pero a medida que avanza la historia esos espejos empiezan a comportarse de un modo que no debería ser posible: el reflejo se mueve un instante después que ella, o no se mueve en absoluto, o directamente le devuelve una versión de sí misma que ya no reconoce como propia.
Es una elección de puesta en escena muy precisa para lo que la película quiere contar. El espejo, que debería ser la superficie más fiable de todas —el lugar donde uno comprueba quién es—, se convierte en el territorio donde la sombra empieza a independizarse del cuerpo que la proyecta. Cuando Nina finalmente logra "encontrar" al Cisne Negro dentro de sí misma, la película no lo presenta como un triunfo artístico sin más: lo presenta como una posesión, algo que entra y no está del todo claro que vaya a poder salir.
La sombra no pide permiso
En términos junguianos, la sombra es la parte de nosotros que no encaja con la imagen que hemos decidido proyectar al mundo, y que por eso queda relegada, sin dejar nunca de existir. Lo que hace especialmente incómoda a Cisne Negro es que no trata la sombra de Nina como algo ajeno que la invade desde fuera, sino como algo que ha estado ahí todo el tiempo, alimentado precisamente por los años de represión que la convirtieron en la bailarina perfecta. Cuanto más rígido el control, sugiere la película, más violenta la salida cuando por fin se abre una grieta.
No es casualidad que la transformación de Nina culmine sobre un escenario, delante de un público que aplaude sin saber muy bien qué es lo que está aplaudiendo. La sombra, cuando por fin sale, no pide permiso para hacerlo con elegancia. Sale como puede, con la fuerza acumulada de todo el tiempo que pasó esperando su turno, y no hay técnica de ballet que pueda coreografiar eso de antemano. Puede que esa sea la lección más incómoda de la película: no se puede negociar con la propia sombra desde la distancia. Solo se la conoce de verdad cuando ya está mirándonos de vuelta desde el otro lado del espejo.