Cuaderno de Nara - notas sobre las salas vacías
Apuntes sueltos, escritos entre proyecciones e insomnios, sobre lo que queda cuando se encienden las luces de la sala y no hay nadie con quien compartir el silencio de después.
3 de julio
Hoy he vuelto a sentarme sola en la fila doce, que es la fila que elijo siempre que puedo, ni muy cerca ni muy lejos de la pantalla, el sitio exacto desde el que la sala entera cabe en el ángulo de visión sin que haya que mover el cuello. Cinco personas más en una sala para ciento veinte. He pensado, no por primera vez, que hay algo casi litúrgico en ver una película acompañada solo por desconocidos que han decidido, cada uno por su cuenta, guardar el mismo silencio a la misma hora.
No he anotado el título. Este cuaderno no es para eso.
5 de julio
Llevo dos noches sin dormir bien y he notado que las películas que veo en ese estado se me quedan pegadas de otra manera, como si la vigilia les diera un permiso especial para instalarse más adentro. Anoche soñé con un plano que no recordaba haber visto: una habitación vacía, una silla vuelta hacia la ventana. Puede que lo inventara el sueño. Puede que lo robara de alguna película y el sueño solo se lo apropió sin pedir permiso, como hacemos todos con las imágenes que nos importan.
8 de julio
Alguien me ha preguntado por qué sigo yendo al cine sola, si total ahora todo está en cualquier pantalla, en cualquier momento, sin necesidad de salir de casa. No he sabido explicarlo bien en el momento, así que lo intento aquí: no es la película lo que busco cuando salgo, es el tránsito. La calle de camino, la fila para las entradas, la oscuridad que hay que atravesar a tientas hasta encontrar el asiento, la luz que se enciende después y que siempre, durante un segundo, duele un poco. Ese recorrido completo es el ritual. La película es solo la parte de en medio.
10 de julio
Releo lo que escribí hace un año por estas fechas y me sorprende encontrar la misma obsesión con las salas vacías, casi con las mismas palabras. No sé si eso es constancia o simplemente que hay preguntas que uno no termina de resolver y a las que hay que volver, como quien vuelve a un barrio de la infancia sin ninguna razón concreta, solo para comprobar que las fachadas siguen ahí, aunque uno ya no.
12 de julio
Última anotación antes de cerrar el cuaderno por esta tanda: hoy la sala estaba completamente vacía salvo por mí. Nadie en la taquilla puso ninguna objeción, nadie preguntó si prefería esperar a que hubiera más gente. La película empezó igual, exactamente a su hora, para una sola persona, como si eso no cambiara nada en absoluto para la propia película. Y quizá no cambia nada. Quizá esa indiferencia amable de las películas —les da igual quién ni cuántos las miren— es precisamente lo que las vuelve un lugar seguro para pensar en voz alta sin que nadie escuche.
Cierro el cuaderno aquí. Lo que venga después, si viene, tendrá que esperar a la próxima tanda de páginas.